viernes, 15 de julio de 2016

Día del Carmen: Una marea cualquiera

Llega, un año más, el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, patrona y guía de la gente del mar. Hoy nos acercamos a esta conmemoración abordando una marea, una marea cualquiera. Los que navegáis día a día, los que llevais el salitre grabado a fuego en vuestra sangre, sabéis lo que se siente en cada cabeceo del barco, en el puente o los pensamientos que recorren nuestra mente en el puesto de trabajo que tengamos asignado a bordo. Este relato sobre "una marea cualqueira" es para todos aquellos que nunca han estado a bordo y nos preguntan qué se siente tantos meses alejados del hogar.

Una marea cualquiera, por Balueiro
En cualquier Océano, en cualquier puerto del mundo una marea comienza con el remate de la descarga de la anterior. En mi caso, la última marea, comenzó en Panamá el día 2 de febrero, fecha en la que aterricé en ese país centroamericano. El barco entraba al día siguiente. Relevos: unos con la alegría de haber terminado marea, pendientes del vuelo que los devolverá con los seres queridos; otros, yo también en este caso, todavía con el sabor amargo de la despedida del día anterior. El hogar ya está lejos, tanto en distancia como en tiempo. Por delante la responsabilidad de defender el trabajo, el pan de nuestros hijos.

Salimos el día 7 de febrero con un calor infernal. A las 24 horas de navegación una avería en el aire acondicionado nos roba el descanso en la semana de ruta que tenemos hasta el caladero. El calor en el barco es insufrible. El personal de máquinas se afana sin descanso en busca de una solución que se niega a aparecer. Dormimos en cubierta bajo la bóveda celeste. Su esplendor consigue por momentos que olvidemos la agonía. La Vía Láctea es indescriptible. Simplemente se observa perplejo. La calma parece de ciencia ficción.

Comenzamos las faenas de pesca en el Pacífico sur. La temperatura es más agradable el día que el jefe de máquinas logra reparar el equipo de aire acondicionado. Es un alivio. Por fin podremos descansar lo necesario para afrontar las duras jornadas de trabajo.

La Luna está en cuarto creciente. Buena fase para que los solitarios peces espada se animen a comer. Las expectativas de capturas son razonablemente buenas. Así empezamos: pescando bien. La tripulación con la alegría de la pesca parece haber olvidado el calor de la ruta.


Una semana muy buena que cortan las orcas de raíz. Nos comen todo el pescado. Por delante nos esperan días aciagos de duro trabajo sin ningún tipo de recompensa. Nos persiguen por la zona sin dejarnos un solo día. Tenemos que marchar. Están en su medio, son las reinas y la única alternativa es escapar de su voracidad. Navegamos 3 días hacia el sur donde los tiempos todavía son buenos, propios del verano austral, aunque alguna borrasca empieza a amenazar desde lejos: han subido unos grados de latitud. Asumimos el riesgo.

Unas semanas de buena pesca con algunos días intercalados para las orcas. En esta zona da la sensación de que nos permiten trabajar, como si midieran un reparto equitativo entre ellas y nosotros. Llegan las borrascas, amenazantes. Vientos de 30 nudos con olas de 4 a 6 metros y periodos de 7 a 9 segundos. Mal tiempo. Llegan en familias. No serán unos días y después pasa. Una tras otra. Viramos el aparejo con mucha precaución y nos vamos en busca de latitudes más seguras. Volvemos para el norte.



La marea avanza sin novedad ni accidentes reseñables. Alguna contusión y algún corte solucionado con menos de 5 puntos de sutura. Afortunadamente, el botiquín fue utilizado casi en exclusiva para curar los resfriados producidos por la falta de aire acondicionado al principio de la marea. Caímos uno tras otro en un baile de “Frenadol” y “Espidifen”.

Ya con más de dos meses de mar el cambio de caladero resulta demoledor. Muchas horas de ocio que hacen volar la mente a los hogares, a la familia, en un mar de nostalgia y recuerdos que intensifican los deseos de regresar. La voz al otro lado del teléfono alivia, en un primer momento, el dolor… pero pronto se desvanece. La soledad vuelve a ser la protagonista. Unos asados en cubierta amenizados con la música y una hermosa puesta de sol nos rescatan en esa tarde.

Toda la tripulación agradece que se retomen las faenas de pesca. La mente se libera con el trabajo y el ritmo de de descansos que el cuerpo, a estas alturas, ya reclama. Estamos en la última fase de la marea. La ilusión por una buena Luna que nos permita llenar las bodegas definitivamente es la energía que recarga nuestras baterías.



Hemos tenido suerte. Pescamos muy bien en la última Luna y arrancamos para tierra antes de lo previsto. Se hace patente la alegría en la cantidad de bromas y sonrisas que imperan en todos los rincones del barco, en medio del trabajo, en el comedor, en los camarotes, en cualquier conversación el ambiente es fantástico.

17 de mayo: Día de las Letras Gallegas, recuerdo a Rosalía navegando hacia puerto. Atrás quedaron días interminables, aciagos por las orcas, tediosos por las rutas, difíciles por las borrascas, felices por las capturas, emocionantes por el compañerismo y la solidaridad entre la tripulación. El barco está lleno. Nos felicitamos uno a uno por el gran trabajo realizado. La misión se ha cumplido con mucho esfuerzo y fortuna.

Bahía de Paita. La ciudad a la vista. Toda la tripulación a proa intentando enganchar cobertura en los móviles. Uno sonríe a la pantalla. Se ha conectado a la civilización.

No hay comentarios:

Publicar un comentario