viernes, 13 de febrero de 2015

Portillo de babor: Exhausto


Subió al dique seco con padecimientos maratonianos. El agotamiento, causado por largas travesías encadenadas durante los últimos dos años, se dejaba ver con claridad en el deterioro de su casco. En forma de  pintura cuarteada, de centenares de percebes que surgieron de las aguas una vez liberado del peso de su carga, de anti-fouling inexistente vencido por el paso del tiempo y convertido en un criadero de algas que ya no refleja la luz, sino que se la traga. 

Exhausto navegó por el Waterfront de Ciudad del Cabo camino del astillero. Allí lo sacaron del agua sobre un cómodo lecho de madera que trasladaron por unas vías de tren en un viaje que no fue el Transiberiano. Las mangueras a presión que lo esperaban exfoliaron la piel sintética que ocultaba las ocres cicatrices de mineral todavía húmedas. Los andamios, que crecieron a su alrededor a la velocidad con la que se levantan los andamios de bambú en Asia, rápidamente ocultaron sus heridas. Un ejército de rasquetas y de pistolas que disparan arena y granalla comenzaron con la faena, cuan atasco de cirujanos, enfermeras y anestesistas en un quirófano. La intervención le estaba cambiando la cara. Un éxito rotundo, que con la ayuda del Sol, capa a capa (primero la imprimación, después la patente y al final la coquetería del acabado) le devolvió su identidad, diseñada para enfrentarse a los vientos y embestir contra los mares.


Son ellos. Nobles y valientes. Recién pintados y reparados o exhaustos por haberles apretado demasiado las tuercas. Son nuestros barcos nuestra casa, nuestra isla itinerante que no aparece señalada en ninguna carta de navegación, pero que existe en cada rincón de todos los océanos.

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