lunes, 1 de diciembre de 2014

La ballena de Paita: el debate sobre la seguridad alimentaria

El 28 de noviembre amaneció la bahía de Paita (Perú) con la normalidad del bello espectáculo de un pueblo peruano eminentemente marinero: centenares de proas abarloadas viendo cara a a cara a la ciudad, moto-taxis trasegando gentes de los muelles, chalana-taxis, algunas a motor y otras muchas todavía con el arte de cingar, recogiendo a marineros en los barcos en una danza de ida y vuelta, y familias montando a lo largo del espigón sus cebicherías portátiles con los primeros rayos del día.

Pronto, una muchedumbre agolpada en la orilla de la playa adyacente al espigón pesquero  perturbó el cotidiano ajetreo de la actividad portuaria despertando la curiosidad de todos, ¿qué sucedía?


Una ballena jorobada se encontraba a unos metros de la orilla con decenas de personas sobre su cuerpo. Sus cuchillos seccionaban trozos de carne que rápidamente, sonrientes, entregaban en la orilla a familiares y amigos ante la presencia de las autoridades que se encontraban en el lugar. Volvían sin demorar un solo segundo sobre la enorme despensa de alimento que la Mar les había regalado. El primer impacto ante lo que estábamos presenciando fue demoledor. La moral que hemos ido adquiriendo en la sociedad moderna con respecto a las actuaciones humanas sobre el resto de especies animales y la naturaleza en general nos produjo un desasosiego difícil de soportar hasta que nuestro exceso de celo o nuestros erróneos principios de especie dominante y aniquiladora que todo lo pueden pasan a un segundo plano. Con el paso de los minutos nuestra minúscula realidad comenzó a mostrarse transparente y en vez de ver sobre la orilla una demostración palpable de una sociedad cruel e inmoral con respecto a la naturaleza esta nos mostró la tristeza de la crueldad e inmoralidad de la sociedad consigo misma.








La naturaleza, una vez más, nos da una lección. La desgracia de un animal extraordinario la convierte en alivio para el sufrimiento de otros. Centenares de personas llevaron para sus hogares un trozo de carne de la ballena que llegó a la bahía de Paita moribunda sobre el bulbo de un barco containero, aún arriesgando su salud. Actuará de bálsamo por unos días, hasta que la cruda realidad de nuestra doble moral, capaz de escandalizarse con una bolsa de carne de ballena en manos de los más desfavorecidos a la vez de ver con indiferencia las causas que generan las desigualdades que sacan a la luz este instinto de supervivencia ancestral, los vuelva a situar en la desnutrición y el olvido.



Hoy muchas preguntas se pueden leer en la prensa local sobre dónde estaban las autoridades sanitarias, qué hacían las policías de puerto y nacionales allí presentes sin actuar, etc. También, calificativos hacia las personas que recogieron desesperadas su porción de alimento, que mejor no valorar, tales como "... ha producido que los pobladores empiecen a repartirse la carne como buitres", o declaraciones de alguna ONG sobre la prohibición de consumir carne de cetáceo. Se echa en falta un solo análisis de por qué en nuestra sociedad muchas personas necesitan recurrir a los contenedores de los supermercados o a las ballenas moribundas que aparecen en las playas sin ninguna garantía para su propia salud. A la pregunta que le hice a un señor de avanzada edad que abandonaba feliz la playa con su bolsa de carne ¿está seguro que la carne está en condiciones? su respuesta fue clara "el color de la carne es bueno y peor será no tener nada para almorzar".



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