viernes, 31 de octubre de 2014

Una intrahistoria del Galicia


El pasado mes de septiembre se conmemoró el 50 aniversario de la salida del puerto de Vigo del buque factoría "Galicia". Después de haber cesado su actividad como trasatlántico (Alfonso XIII y Habana), como buque factoría escribió una de las páginas más importantes e influyentes en el devenir de la historia de la pesca española y mundial. Esto es Historia de la pesca, y probablemente conocida. Pero, ¿qué hay de la intrahistoria en el fondo de la historia del Galicia?


El gran don Miguel de Unamuno acuñó y definió el  término intrahistoria como dotar de contenido a los acontecimientos históricos que en muchas ocasiones quedan reducidos a meros enunciados que nos resultan lejanos a caballo entre lo real y lo abstracto, entre lo idealizado y lo legendario. La Historia es un enunciado conocido. La intrahistoria, las palabras que lo componen y pasan desapercibidas por si solas. Combinadas dan sentido al conjunto creando un significado nuevo que va más allá del suyo propio, aunque sin ellas no existiría el enunciado. La vida de los hombres y mujeres que escribieron esa parte de la historia de la pesca es la que nos puede introducir, de un solo golpe, en las brasas que evitan que la Historia se convierta en un frío enunciado. Y para ello nos acercamos a la vida tradicional que sirve de fondo permanente a la historia: a los acontecimientos pasados dignos de memoria.

Desde Corazones de Sal quisimos quemar nuestra pluma con el calor de las brasas de la intrahistoria del Galicia y para ello nos hemos acercado a algunas personas que fueron palabras de ese enunciado histórico. El incendio fue inmediato. Los papeles, recortes de noticias y apuntes ardieron al instante. El gran Miguel de Unamuno sabía lo que definía. La gente de la mar es reservada y por ello no daremos nombres, los nombraremos tomando una palabra de un enunciado histórico relacionado con el Galicia: "Pionero".

El hambre y la miseria, que acechan a Pionero y a su familia, le convencen de que debe dejar atrás su vida como marinero en la costa y aprovechar la oportunidad que se le presenta: embarcarse en el Galicia. En su pueblo, A Guarda, no hay más horizonte en la Mar que mil o mil quinientas pesetas al mes, mientras que en el Galicia le ofrecen ocho mil todos los meses más una gratificación por tonelada de pescado procesado. La oferta es irrenunciable, más aún, cuando en el entorno cercano de Pionero una amiga embarazada con su marido en la mar le confiesa que reza cada noche para que su hijo no nazca. Tiene ya demasiados y no sabe cómo alimentar a uno más. Se morirá de hambre y no soportaría vivir el fallecimiento de una criatura más. A Pionero se le rompe el alma y ve el infierno. Su esposa también está embarazada y bajo ningún concepto permitirá que en su casa entre ese luctuoso pensamiento. Y así se embarca en el Galicia.


Toda la dureza y crueldad de la vida marinera se condensó en aquella primera campaña de Pionero a bordo del Galicia. Pronto toda la ilusión se convirtió en agotamiento. Semienterrado en merluzas, en una lucha constante contra el sueño, descabezaba los pescados de forma automática. Nunca se acababan. Factoría llena de merluzas, túneles llenos de merluza, barcos con las bodegas llenas al costado esperando su turno para descargar más merluzas, trancaniles abiertos tirando merluzas al mar, mercantes atracados al costado vaciando las bodegas del Galicia. No soñaba con merluzas simplemente porque no soñaba. En las pocas horas de descanso había que escribir las cartas a la familia, comer, preparar ropa, etc. Eso sí, ¡la comida no faltaba!

Pionero llevaba dos meses embarcado en el Galicia cuando le llegaron noticias del nacimiento de su hija. Su fotografía presidía la cabecera de su catre. La veía a diario y feliz pensaba que comida no le faltaría. El sacrificio de su esposa y el suyo propio cobraban todo el sentido del mundo. Veía para sus manos destrozadas y se alegraba del dolor con el que sus músculos lo martirizaban. Se recargaba de energía para el siguiente turno. Las montañas de merluzas lo estarían esperando ¡pero nuestra hija no pasará hambre!

Las cosas parecían mejorar a bordo. Pionero fue destinado a los botes que se encargaban de ir a los pesqueros a recoger la pesca y acarrearla al factoría. El trabajo era más llevadero aunque tenía sus riesgos al tener que cubrir distancias de varias horas en medio del mar con aquellos botes sobrecargados de pescado. Algún susto sufrió con la bravura del mar aunque el recuerdo que prevalece sobre los demás de esos meses a bordo de los botes tiene que ver con el día de Nochebuena: siempre especialmente duro en la Mar en cualquier circunstancia. Peor todavía si en vez de compartir con los compañeros los momentos de nostalgia en una cena que funciona como bálsamo se pasa de guardia en la soledad de un bote, amarrado por la popa del Galicia escuchando las cantarolas de la tripulación desde la distancia en la oscuridad de la noche, con el desasosiego de las noticias llegadas en la última carta y el alma rota ante la impotencia de tener las manos atadas y encontrarse expuesto a merced de los caprichos de la vida. Su hija, a la que solamente pudo ver en fotografía, está gravemente enferma.

Pionero cuenta que la campaña terminó pero no hubo alegría en el arribo. Nunca pudo ver a su hija. La tragedia de las ausencias de los marineros con sus seres queridos castigó a Pionero en una única ausencia definitiva. No hubo más ausencias con su hija. Solamente una que perdura a día de hoy, tras cincuenta años, y que continúa humedeciendo los ojos de Pionero. Las brasas se incendian.

Gracias, don Miguel. ¿Qué sentido tiene la Historia sin las intrahistorias que la escriben? Y la pesca gallega está llena de esas intrahistorias de una época en la que los barcos podrían ser de madera pero los hombres eran de hierro.

Gracias a todos los Pioneros que provocan incendios en nuestras entrañas y que nos recuerdan que la esencia de la Mar es la Sal y no su historia.

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